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Púrpura

Actualizado: 27 ene

Salimos sin prisa, solo él y yo, como si el presente nos hubiera hecho una treta.


La brisa era fría pero amable, y las gotas de lluvia caían con gran fuerza. Nuestras manos se rozaban con dulzura y nostalgia, comprobando a ratos la existencia del otro.


Agosto de 2019 volvió sin avisar, cuando comenzó nuestra historia de amor, en Valparaíso. La misma humedad en el aire, esa brisa fresca que no congela, pero que te mantiene bien despierto.


Esa vez caminamos durante horas. Sin un destino fijo, el trayecto era suficiente. Entre nosotros, el silencio nunca fue un vacío: era nuestro cómplice. Estar juntos siempre me pareció místico, como si todo encajara sin esfuerzo, como si el mundo se alineara por un instante.


Dicen que en el amor existe el entrelazamiento cuántico: dos cuerpos que al encontrarse dejan de ser independientes. Lo que le ocurre a uno, vibra en el otro, incluso a la distancia. Quizás por eso, aun cuando todo se desordena y cambia, siempre permanecemos en la misma órbita.


Entramos a un restaurante nuevo, Giulietta, buscando refugio de la lluvia. Mientras comíamos, el cielo abrió su telón: del ámbar transitó a un inesperado púrpura.




Sentí entonces lo mismo que hace siete años: una explosión silenciosa. Como dos cuerpos celestes que al acercarse lo suficiente, alteran mareas, curvan el tiempo y llegan a recordarle al universo que algunas conexiones no se extinguen: solo cambian de fase.


Es así lo nuestro:


tranquilo y apasionado

inesperado e inevitable

entrelazados pero independientes

dos y uno

lógico y paradójico

atómico y metafórico


Azul y rojo,

Púrpura




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